Soy hipster, soy guiri y yo soy la víctima

La costa cantábrica tiene su encanto. Eso de levantarte cada día sin saber qué tiempo va a hacer, jugar con las olas… El otro día fuimos a la playa nudista de Torimbia. Cuando elegimos el sitio en que poner las toallas le dije a Inés “aquí está bien, que la marea está bajando”. Pues la cagué, a los 15 minutos vino una ola traicionera y tuve que levantarme frenéticamente coger la mochila con una mano, un libro con la otra y darle una patada a otro segundo libro para salvarlo de la fugaz inundación. Inés corrió menor suerte, estaba medio dormida y toalla empapada, mochila mojada, primeros auxilios al móvil, etc.

Cuando teníamos un cabreo considerable por todo esto y estábamos discutiendo sobre nuestra gestión del naufragio un hombre desnudo se nos acerca con una sonrisa de oreja a oreja y nos dice: “¡¡Ya sois torimbianos!!! Nos hemos reído un poco con vosotros pero no os hagáis mala sangre. Llevamos veinte años viniendo aquí y también nos ha pasado alguna vez. Si no te pasa, no eres torimbiano.”

Me encantó tanta cercanía y que nos sacase de nuestra burbuja para darnos ánimo y coleguear. Pasado un rato, me lo encontré en la orilla y cruzamos algunas palabras más. Y ahí ya surgió el tema de este verano, el turismo (que ya es mala suerte que el debate de la turismofobia me pille de vacaciones…) Él se quejaba de que en esa playa antes no había nadie y ahora está llena de gente y además textiles. Me decía, “porque tú por lo menos estás en pelotas, ¿pero estos…? que están como tú, de vacaciones, ¡pero además van vestidos en una playa nudista!!”

Ahí vi que su odio a los textiles era todavía mayor que a los guiris. Y menos mal. Aunque mientras me lo decía yo recordaba también los veranos en las islas Ons antes de que se pijificasen… Hacía sólo dos años, curiosamente, me quejaba igual de nostálgicamente de la masificación ante un madrileño que me miraba con la misma carita que la que se me estaba quedando a mí en Torimbia.

No soy una persona especialmente viajera. Es más cada día valoro más volver a sitios que ya conozco y pasar las vacaciones con amigos de los de toda la vida. Así que como todos los años, también estuve en Vigo, la ciudad en la que nací y con la que más identificado me siento. Pero lo cierto es que llevo ya muchos años en Madrid. En una cena con unos amigos en un restaurante turistificado del pueblo de Bueu dije el nombre de un pescado en castellano en vez de en gallego y claro… Vino la correspondiente reprimenda de los vigueses sobre el madriletismo.

Mientras discutíamos sobre la autenticidad, los camareros sacaban la cuenta de la cena con esos cálculos especiales que se le hacen a los guiris. Porque sí, los de Vigo al otro lado de la ría somos también guiris o, como se dice allí, jodechinchos. En fin, que fuimos al restaurante de pueblo de toda la vida y nos hicieron unas cuentas muy modernitas.

Acabadas ya las vacaciones y con ganas de meterme de lleno en el debate turistófobo. A la vuelta a Madrid, un amigo me etiqueta en Facebook en un artículo sobre sitios molones para comer en el nuevo barrio en el que vivo. Después de diez años viviendo la gentrificación de Malasaña nos hemos mudado a una zona en la que el precio de la vivienda es sencillamente razonable. Por supuesto, me mola la idea de ir conociendo sitios nuevos y adaptarme a la nueva situación. Pues bien, a los pocos minutos me llegan las típicas bromas de no comentéis en abierto cosas del barrio que gentrificáis.

Vale, son bromas, yo también las hago pero… estoy un poquito hasta el orto ¡Todo esto en tres puñeteras semanas! Escribo esto para decir que no soy un tío tan importante y no tengo la culpa de que las cosas ya no sean como eran. No tengo la culpa de la gentrificación y en realidad yo soy la víctima.

  • No tengo la culpa de que haya guerras y conflictos en los destinos turísticos similares a España y ahora aquí no quepa un alfiler.
  • No tengo la culpa de que a un iluminado se le ocurriese poner la capital de una península en un maldito desierto a 500 km. de cualquier zona de costa.
  • No, yo no me inventé el minifundismo gallego. Ni tampoco el latifundismo andaluz.
  • No tengo la culpa de que en Madrid sea tremendamente desigual y que los barrios de ricos sean caros y los de pobres sólo tengan dos modos: el deteriorado o el que se gentrifica.
  • No tengo culpa de que el Ayuntamiento diga que no tiene competencias para cambiar estas cosas.
  • No tengo la culpa de que el famoso modelo productivo español no cambie ni de coña.
  • Y no, no tengo la culpa del cambio climático.

E incluso soy capaz de empatizar con el guiri que viene a emborracharse unos días. Soy capaz de entender a la familia de un pueblo perdido que se atreven a ir a una playa nudista, pero no se atreven a quitarse el bañador. Porque ellos tampoco tienen la culpa de siglos de catolicismo, ni de complejos culturales heredados…

En el fondo lo que pasa es que el tema está fatal, que últimamente los cambios son todos para mal, que cada día tenemos menos tarta que repartirnos y nos estamos peleando por las migas. Lo que pasa es que la vieja política niega el problema y la nueva no tiene ni idea de cómo solucionarlo. Sucede que tenemos derecho a unas vacaciones decentes y esto ya no es tan fácil. Al final nos culpabilizamos las víctimas. En definitiva lo que pasa es que, como decía Siniestro, la sociedad es la culpable, sociedad no hay más que una y a ti te encontré en la calle.

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