Bienvenidos a la era del descontrol

Nos encanta sacar lecturas lo más simplificadas posibles de procesos muy complejos. Hacer eso siempre es la opción más irracional, pero la que más aceptación y viralidad va a tener. De Obama se dijo que su éxito se basaba en el uso de las redes sociales. Incluso con Rajoy se viralizó la noticia de que una gurú de San Francisco segmentó publicidad a las circunscripciones clave y eso dio la victoria. Algo muy sencillito pero que se puede contar de forma muy grandilocuente.

Con Trump parece que tampoco nos resistimos a hablar de la importancia de las redes sociales. Desde que el algoritmo de Facebook hace que perdamos el equilibrio y sólo leamos cosas que son afines a nuestra ideología, hasta que las redes permiten la difusión de noticias basura o fakes que benefician a los candidatos menos sensatos.

También es interesante la lectura de Felipe González Gil, Abrelatas, que ve a Trump como un troll que se ha colado gracias a una comunicación conflictiva y provocadora.

Y estos enfoques un poquillo más globales me parecen los más acertados. Ya no se trata de analizar cómo se consiguen X votantes gracias a tal campaña, sino en pensar cómo las redes están modificando la sociedad en su conjunto.

Desde mi punto de vista las redes sociales dan lugar a dos procesos. El primero es que cada vez que se produce un resultado electoral nos llevamos una sorpresa porque pensamos que hay mucha más gente que piensa como nosotros. Vemos nuestras redes y leemos contenido afín y no sabemos de dónde salen todos esos votantes con los que no interactuamos en un ningún momento.

Pero por otro lado este proceso también genera un empoderamiento. Como vemos contenido afín, nos envalentonamos y somos capaces de creernos lo que antes parecía imposible. Así surgen permanentemente nuevas opciones políticas o nuevas marcas capaces de entrar en juego de un día para otro.

En ese contexto las encuestas más que fallar, pierden un poco su sentido. Todas hablaban de la victoria de Clinton y ninguna acertó. Pero lo cierto es que en esta idea hay varios errores:

  • Las ecuestas no adivinan, dicen cuál es la situación en un momento dado.
  • Son performativas. Es decir, movilizan o desmovilizan el voto según lo que las mismas encuestas publican. Como ocurre con la física cuántica, el objeto cambia en el momento en el que lo observamos. La encuestas son un activador del propio voto.
  • Impiden una interpretación cualitativa. Los periodistas tienden a leer en las encuestas aspectos cualitativos y siempre se equivocan. Para entender el sentido del voto hay que hacer entrevistas, grupos de discusión o incluso leer tweets, las encuestas sólo dan números.

Por lo tanto las encuestas no fallan tanto como sus interpretaciones. Y en una situación actual lo que hay que hacer no es criticar las encuestas sino a los que scan conclusiones muy poco científicas de ellas.

Hemos pasado de una política muy predecible, a otro escenario de descontrol. Este cambio se debe tanto a la crisis económica, como a los nuevos medios sociales. El mundo nacido en los años 50 con la incorporación de la televisión a los hogares está difuminándose. Las grandes marcas ya no controlan los mercados como antes y los grandes partidos parecen desnudos. En esta falta de control, el poder cada día queda más en evidencia.

El secreto del poder es que no tiene secreto.
– Josep Ramoneda –

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