La sinceridad del libro. El Invitado Amargo.

Nunca hemos tenido tanto acceso a la vida de los otros como ahora. Las redes sociales nos ayudan a conocer más a los demás, a estar al día de las novedades de nuestros amigos, nuestros familiares e incluso de nuestros ídolos.

Pero después de navegar por la red a veces queda un extraño vacío. La sensación de que no se han compartido vivencias reales con los demás. Como dice Daniel Sedcontra

Todo lo que uno cuelga en Facebook sufre su particular desviación y perversión. De hecho, nada puede ser posteado impune e inocentemente desde el momento que todo muro, propio o ajeno, es un escaparate.

Compartir en las redes sociales es siempre un acto de exhibicionismo en el que la sinceridad tiene un papel muy secundario.

Hace unos meses me enteré de que Luis Cremades publicaba un libro escrito con Vicente Molina-Foix. Luis, además de un amigo, es una gran influencia para mí y siempre que veo algún texto suyo me gusta echarle un ojo. De El Invitado Amargo, encontré el primer capítulo por Internet y, lo que empecé a leer, no me pudo enganchar más.

Se trata de una curiosa obra autobiográfica en el que los dos autores hablan de una relación de amor que mantuvieron en el pasado. Dos recuerdos enfrentados que reflexionan basándose en la correspondencia que ambos se enviaron a lo largo de los años.

Era febrero, 1981. Hacía menos de seis meses que vivía
en Madrid. Había llegado a la facultad de Sociología desde
Alicante, sin saber bien por qué, tras muchas indecisiones.

Estas son las tres primeras líneas con las que empieza Luis. Me atraparon. Primero por la escalofriante casualidad de que febrero de 1981 es mi fecha de nacimiento, también soy sociólogo e incluso vine a estudiar a Madrid sin saber muy bien por qué…

Además encontrar un texto de un amigo contando una parte de su vida, me hizo vibrar. Tantas palabras, tantos selfies, tantos likes, tantos comentarios y felicitaciones de cumpleaños en el mundo 2.0 para que tenga que ser un libro el canal de comunicación que me permite compartir realmente la vida con otra persona.

Y seguro que no es casualidad. Los libros no son gratis, no los reparten en las esquinas y ya ni sirven como premios de concursos. Escribir un libro, tal y como están las cosas, es un ejercicio de privacidad. No tiene sentido exhibirse en un libro. Saber que sólo llegarán a él aquellos que se tomen la molestia de dejarse 20 pavos en una librería es algo casi revolucionario.

El Invitado Amargo

Lo que más me gusta de las autobiografías o de los diarios es como la ficción se funde con la realidad. Aunque estemos escribiendo sobre nuestra vida, un mismo suceso podemos enfocarlo desde tantos puntos de vista, que lo real se convierte en algo ficcionado por la propia subjetividad.

La publicación de la correspondencia de Vicente y Luis nos muestra la visión de cada uno de los autores de lo que estaba sucediendo en aquel momento. Toda la magia de ver cómo uno vive una relación, mientras que el otro amante vive otra. Y en esas piezas arqueológicas quedaron patentes esas ideas.

Después está la memoria que todo lo distorsiona y ahí entran nuevos enfoques que reconstruyen el pensamiento pasado desde la actualidad. Una verdadera matrioska de narradores que dialogan entre sí.

Ahí es donde está la grandeza de la sinceridad. Cuando después de comer y beber con amigos los temas surgen solos y la lengua vuela ágil sin nadie al volante. Y no significa eso que lo que digamos sea cierto, ni que mañana lo sigamos pensando, sino que somos sinceros y compartimos de verdad.

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